sábado, 16 de junio de 2012

Vivir en una ciudad pecera. Coucher, se coucher, más coucher menos decoucher. Son las ocho de la noche y ya no hay luces que brillen, ya no hay nada más que una mesa bien puesta. Unos brazos correctamente apoyados, los codos no, sobretodo los codos no, y una sonrisa afirmada bien fuerte. 

Una mujer que se muere en vida, que se pierde en pleno camino, que sube por una bajada vertiginosa y no entiende demasiado bien en que momento fue que le pasó esto, en que momento la tomaron de la mano, le apretaron la cintura y le afirmaron esa sonrisa. Así bien fuerte. 

Un escritor transparente que desaparece, que se va sin haber siquiera existido. Un escritor que nunca escribió, que nunca quiso leer tantas novelas históricas porque sabía que le iba a pasar algo así, que ya no quedan zarinas, chiquilla, ya no quedan carretas, no quedan distancias reales, no queda Pedro, ni Bizancio, ni vos. Sólo que en tu caso, boluda, debiera recalcarse que nunca has existido siquiera. 

Sos lo que sos.