Sigue ahí, más negra que nunca, mirándote desde la lámpara. A veces se mueve hacia la ventana, piensas que se va, que no vuelve más y nunca más tendrás que pensar en ella. Pero vuelve a entrar. No puedes dormir porque sabes que está ahí, la puedes oir.
(Recurres a Sábato, pero al rato te da algo de pena malgastarlo. Sábato no está para esas cosas)
Y cuando todo parece perdido, cuando sientes que su ruido y color te revientan la cabeza y te dan ganas de gritar, lo ves. Ahí, vacío, encima de tu cama. Junto al lápiz cuya tinta no ha sido usada. El libro de ejercicios para la psu de matemágicas. Tu salvación.
Lo tomas con firmeza y, olvidando todas las cosas que preferirías hacer, decides que ya estás grande, que es momento de tomar decisiones, matar a quien deba morir, forjar un futuro en el que puedas vivir (y dormir) con tranquilidad.
Un golpe y está moribunda en el suelo; el segundo golpe la inmoviliza.
(El tercero es para dar jugo y sentirte más brígida)
Has forjado un mundo en tranquilidad, aunque haya sido necesario perder a algunos en el camino.
La mosca va al basurero mientras piensas, orgullosa, que fuiste muy valiente y te aguantaste el asco. Te acuestas en la cama para luego levantarte y partir a contarle al mundo que en realidad los libros de ayuda para la psu sirven bastante, que no deben ser menospreciados ni tirados al suelo.
Gracias a esos libros, muchos podrán dormir tranquilos.
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